La felicidad depende más de la predisposición para aprender de forma continua que de las condiciones materiales o personales, según afirmó Arthur Brooks, especialista de Harvard. Para él, mantener una mente abierta y el interés por el conocimiento es fundamental para afrontar con éxito los desafíos que plantea la vida diaria.
Brooks advierte que muchas personas abandonan el crecimiento intelectual al caer en la rutina, lo que reduce su capacidad de adaptarse a nuevas situaciones. El aprendizaje permanente, en cambio, genera motivación y sentido, ya que permite descubrir y renovar intereses, así como modificar pequeños hábitos cotidianos que evitan el estancamiento.
Actividades simples como leer, cuestionar, escuchar o experimentar nuevas vivencias se transforman en fuentes de bienestar duradero. El proceso de aprendizaje continuo potencia la capacidad para enfrentar desafíos y abre la puerta a distintas perspectivas, lo cual fortalece la relación activa con la vida.
Esta visión está respaldada por un meta-análisis publicado en Frontiers in Psychology, que revisó numerosos estudios y concluyó que el nivel educativo y la participación en educación superior elevan el bienestar subjetivo, mientras que el aprendizaje a lo largo de la vida mantiene una relación positiva con la felicidad, aunque en menor medida.
En paralelo, el concepto nórdico “lagom” ejemplifica una forma de entender el bienestar basada en la moderación y el equilibrio, «ni demasiado ni muy poco», considerado esencial en países escandinavos para alcanzar una vida satisfactoria. Aunque no tiene una traducción precisa al español ni está incorporado en el diccionario de la Real Academia Española, representa un enfoque armonioso que también conecta con las ideas sobre felicidad y aprendizaje ofrecidas por Brooks.