El reciente brote de ébola en el Congo ha sido atribuido al virus Bundibugyo, una variante poco común que ha causado solo dos epidemias previas desde su identificación en 2007. Este virus representa un desafío para la respuesta sanitaria debido a la ausencia de vacunas y tratamientos desarrollados específicamente para él.
A diferencia de otras cepas más difundidas, como el virus Zaire y el virus Sudán, el Bundibugyo no cuenta con ninguna vacuna aprobada ni terapias listas para ensayos clínicos, según expertos en enfermedades infecciosas que trabajaron en brotes anteriores. La OMS informó que la vacuna candidata más prometedora probablemente no estará disponible por al menos seis o nueve meses, lo que obliga a los equipos de salud a aplicar medidas preventivas básicas.
El virus se transmite mediante contacto directo con fluidos corporales de personas infectadas o fallecidas, incluyendo sangre, sudor, vómitos y heces, lo que coloca en mayor riesgo a trabajadores sanitarios y familiares cercanos. Estudios anteriores destacaron que, en brotes de Bundibugyo, el personal médico suele estar entre los primeros afectados por la infección.
Por su parte, el Bundibugyo podría tener una tasa de mortalidad menor al 30%, inferior a la de otras cepas como el virus de Ébola clásico o el virus Sudán, aunque la experiencia con esta variante es limitada. La falta de datos precisos complica estimar su letalidad exacta.
En brotes anteriores ocurridos en la cuenca del río Congo, la rápida detección de los casos iniciales permitió activar medidas de control adecuadas, como el uso de equipos de protección personal para el personal sanitario y el aislamiento de los casos sospechosos y confirmados, lo que contribuyó a contener las epidemias.

