Hace 52 años, Mauricio Rumboll y Eduardo Shaw identificaron por primera vez al Macá Tobiano en la Laguna de Los Escarchados, en Santa Cruz. El hallazgo marcó un hito para la ornitología argentina, pero también abrió una ventana hacia un drama de conservación que persiste hasta hoy.
En los primeros monitoreos posteriores al descubrimiento, los investigadores encontraron una población en buen estado, ajena a impactos humanos significativos. Laura Fasola, bióloga del Conicet e integrante de la Fundación Macá Tobiano, recuerda que "fue una especie que, tratándose de vertebrados, se describió tarde, en los 70. Es muy reciente". Los científicos tardaron una década en descubrir el ciclo migratorio: estas aves nidifican en las mesetas de Santa Cruz durante la época reproductiva y migran hacia los estuarios costeros del río Santa Cruz, Coyile y Gallegos para pasar el invierno.
El panorama cambió radicalmente dos décadas después. Los observadores de aves comenzaron a tener dificultades para encontrar a los macaes. En 2009, cuando se retomaron los monitoreos sistemáticos, los números revelaron una crisis: de una población estimada entre 3.000 y 5.000 individuos, los conteos arrojaron menos de 800 ejemplares.
Las causas fueron múltiples y concurrentes. La Patagonia atravesaba un proceso de sequía intensificado por el cambio climático, que redujo significativamente la disponibilidad de lagunas donde estas aves viven. Además, las tormentas de viento cada vez más violentas destruían los nidos construidos sobre plataformas flotantes. A esto se sumaron especies invasoras: el visón americano depredaba en las áreas reproductivas, mientras que las truchas sembradas en las lagunas deterioraban el ambiente. Los asentamientos humanos y el manejo inadecuado de residuos facilitaron la proliferación de colonias de gaviota cocinera, depredadora de nidos.
Desde 2012, equipos de investigadores implementaron estrategias de mitigación. Controlaron poblaciones de visones mediante trampeo y perros de rastreo, redujeron la carga de truchas en las lagunas e iniciaron programas de control adicionales. En 2025 se logró un avance significativo: la liberación de los primeros tres individuos criados en cautiverio en el estuario del río Santa Cruz, marcando un punto de esperanza en la larga batalla por salvar a esta especie única.