La modernidad se caracterizó por colocar al sujeto pensante en el centro del conocimiento, desplazando la autoridad tradicional y divina. Este cambio, iniciado con René Descartes en el siglo XVII, afirmó la autonomía individual con su célebre frase «pienso, luego existo», que significó un punto de partida para la confianza en la razón y la ciencia como vías para entender y transformar el mundo.
El desarrollo científico desde Galileo Galilei hasta Isaac Newton, junto con el impulso de la Ilustración, potenció la idea de que la historia era un proceso de progreso continuo y lineal, capaz de construir sociedades más justas y libres a través del conocimiento. Sin embargo, esta visión comenzó a mostrar grietas ante los hechos ocurridos en el siglo XX.
Las devastadoras consecuencias de las guerras mundiales evidenciaron que los avances científicos y técnicos podían ser empleados tanto para el progreso como para la barbarie. La razón, lejos de ser una garantía absoluta, reveló límites importantes y abrió la puerta a una perspectiva crítica respecto al optimismo del progreso ininterrumpido.
En este contexto surgió la posmodernidad, una corriente que no conforma un sistema cerrado, sino que ofrece una postura crítica hacia los grandes relatos totalizadores de la modernidad. Filósofos como Jean-François Lyotard, Michel Foucault y Jacques Derrida pusieron en cuestionamiento la idea de explicaciones únicas y universales, promoviendo en cambio la desconfianza hacia las narrativas que pretendían dar sentido completo a la realidad.
Lyotard expresó esta desconfianza frente a los grandes relatos, señalando la incredulidad hacia esas historias que durante siglos legitimaron proyectos políticos, sociales y culturales. Esta postura abrió paso a una mirada plural, fragmentada y más crítica de la historia y del conocimiento, dando fin a la fe absoluta en la razón como motor exclusivo del desarrollo humano.