El 18 de mayo se recordó el origen de la Semana de Mayo, hecho que abrió camino a la Revolución del 25 de mayo y al proceso de emancipación en el actual territorio argentino. Lejos de ser un evento aislado, esta revolución fue el resultado de una serie de transformaciones políticas, sociales y económicas que atravesaron tanto al Virreinato del Río de la Plata como al Imperio español en la transición del siglo XVIII al XIX.
Antes de la Revolución, el Virreinato se encontraba bajo control directo de España, que en los siglos anteriores había establecido un vasto imperio global bajo la dinastía Habsburgo. Sin embargo, la decadencia de esta casa real al morir sin herederos Carlos II y las guerras sucesorias posteriores abrieron paso a una nueva dinastía, los Borbones, que impulsaron reformas para retomar el control y riqueza de sus territorios americanos. Estas reformas, aunque intentaron reforzar el poder metropolitano, generaron tensiones con las élites criollas locales, quienes demandaban mayor poder político y libertad comercial.
En paralelo, el auge de las ideas ilustradas y la influencia de movimientos revolucionarios como la independencia estadounidense y la Revolución Francesa impactaron en los círculos intelectuales de la región, difundiendo ideales de autonomía y derechos. Además, la reciente defensa de Buenos Aires ante las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807, conflictos vinculados a la guerra europea entre Napoleón y la corona inglesa, fortaleció la organización militar y política de las milicias criollas, factor clave para el surgimiento de un liderazgo local autónomo.
Estos elementos convergieron en mayo de 1810, cuando la Junta de Gobierno formada tras la destitución del virrey representó el primer paso hacia la emancipación. Pero el proceso no fue inmediato ni lineal: la independencia definitiva y la construcción del Estado argentino se extendieron más de una década, culminando hacia 1880 con la consolidación definitiva del país como nación independiente y centralizada.

