El cerebro humano es uno de los órganos que más energía consume, pero también es fundamental para la supervivencia y el desarrollo de nuestra especie. Sin embargo, el aumento del uso de la inteligencia artificial (IA) plantea un nuevo desafío: ¿podría esta tecnología estar provocando la pérdida progresiva de nuestras capacidades cognitivas?

Hace más de un millón de años, el cuerpo humano adaptó su biología eliminando el pelo corporal denso para regular mejor la temperatura al cazar en entornos cálidos. Ahora, algunos especialistas sugieren que estamos atravesando una transición similar, pero esta vez relacionada con la mente. Mientras la IA permite expandir nuestras habilidades, su uso excesivo puede conducir a una menor exigencia mental, debilitando procesos como la atención, la memoria, el lenguaje y el razonamiento.

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Esta preocupación es particularmente relevante en niños y adolescentes, cuyos circuitos neuronales todavía están en formación y pueden resultar afectados si la tecnología sustituye el ejercicio constante de estas funciones cognitivas. La investigadora y artista que explora diariamente las interacciones entre tecnología y construcción de identidad colaboró con un laboratorio del MIT especializado en estudiar los mecanismos que distinguen el lenguaje del razonamiento, reforzando esta perspectiva.

En 1995, la Expensive Tissue Hypothesis estableció que el cerebro, aunque representa solo el 2% del peso corporal, consume cerca del 20% de la energía del cuerpo, lo que refleja un alto costo metabólico solo justificable si la capacidad cognitiva representa una ventaja evolutiva clara. La evolución mantuvo este gasto energético porque pensar complejamente ayudaba a sobrevivir y desarrollarse en el entorno.

Ahora, existe la preocupación contrapuesta: el entorno digital y el uso frecuente de la IA podrían estar reduciendo la necesidad de ejercitar el esfuerzo cognitivo que antes se realizaba de forma cotidiana y automática. Mientras el avance tecnológico ofrece beneficios y nuevas posibilidades, también podría estar debilitando funciones cerebrales esenciales.

La reflexión no es novedad. Casi 2400 años atrás, Sócrates ya advertía sobre los riesgos que implican delegar la memoria y el conocimiento en medios externos. En este sentido, la relación que establecemos con la inteligencia artificial —ya sea para potenciar o reemplazar nuestra capacidad de pensar— definirá sus efectos a largo plazo.