El ejercicio del poder político ha evolucionado hacia una modalidad donde la dominación no solo implica el control de instituciones formales, sino también la apropiación de la maquinaria técnica que las hace funcionar. Según una revisión crítica basada en la obra de Curzio Malaparte, la clave para instaurar un nuevo poder no reside en ocupar palacios o congresos, sino en controlar las infraestructuras técnicas esenciales como centrales eléctricas, telecomunicaciones y redes de distribución.
Malaparte, autor de "Técnica del golpe de Estado", señalaba que detrás de un golpe exitoso está la ocupación rápida y violenta de los órganos técnicos que sostienen el funcionamiento del Estado. Esa lógica ahora se extiende al dominio digital, donde las grandes corporaciones tecnológicas desplazan el control político tradicional al manejar las plataformas, las redes y la información, esenciales para la vida pública y la gobernabilidad.
Este método se basa en neutralizar previamente cualquier oposición que pueda resistir el cambio de poder, ya sea a través de la violencia o la cooptación de organizaciones populares, sindicatos o medios críticos. Despejado ese camino, se asegura el dominio sobre los sistemas técnicos y de comunicación, lo que garantiza el funcionamiento del nuevo régimen sin necesidad de tomar el poder por la fuerza bruta, sino mediante el control instrumental de las herramientas que sostienen la sociedad actual.
Este fenómeno plantea un desafío distinto del golpe de Estado clásico, pues el asalto se produce no solo por el uso directo de la violencia, sino también a través de la manipulación o posesión de tecnologías, que determinan el acceso y flujo de la información, así como el control de servicios básicos. Así, el poder digital se convierte en un factor político decisivo, frente al cual las instituciones tradicionales pueden resultar insuficientes para mantenerse vigentes.