Eduardo Artero se sube al tractor todos los días para supervisar el trabajo en su chacra, un terreno histórico de 20 hectáreas que su familia eligió y comenzó a cultivar hace cien años en Cuatro Esquinas, cerca del río Neuquén. A pesar del paso del tiempo y la transformación de la región, Eduardo mantiene intacta la tradición agrícola que recibió de sus antepasados y sigue aplicando prácticas con las que creció, combinando experiencia y vigilia sobre cada cultivo.

La historia de la chacra arranca en 1926 cuando la familia de su abuela, Dolores Hidalgo, comenzó a desmontar y sistematizar esa tierra para la producción frutícola. Dolores provenía de una familia ya arraigada en Cipolletti, donde sus padres impulsaron el desarrollo agrícola local antes de la llegada de los Artero desde España. Por su parte, el abuelo de Eduardo, Martín Artero, se incorporó a la zona como obrero en la construcción del canal principal de riego y luego adquirió tierras, consolidando un legado productivo junto con la familia Hidalgo. Ese terreno se convirtió en el núcleo de la familia y en un símbolo vivo de una tradición centenaria.

AfiliaGo - DafaBet Latam

En la chacra permanecen árboles que superan las siete décadas y continúan dando frutos de alta calidad, principalmente manzanos Granny Smith. Según Eduardo, algunos de estos árboles producen hasta mil kilos de fruta cada temporada, lo que demuestra la resistencia y productividad de estos cultivos históricos. Junto a su hijo Sebastián, quinta generación en la fruticultura, Artero defiende la continuidad de este modelo productivo, que va más allá de un simple negocio para representar un vínculo fuerte con la tierra y la identidad familiar.

Además de cuidar los cultivos, Eduardo enfatiza el valor patrimonial del lugar: conserva edificaciones antiguas como la que fue la casa familiar de los Hidalgo y que luego albergó el Club Hidronor, símbolo de la cimentación social alrededor de la chacra. Para los Artero, esta propiedad representa no solo la carga productiva de cinco generaciones, sino también un crisol de memoria y vida comunitaria en el Alto Valle.

El sistema de riego, las técnicas de poda y el manejo diario del campo reflejan una continuidad que resiste los cambios tecnológicos y económicos de la región. Esto convierte a la chacra no solo en un espacio agrícola, sino en un patrimonio vivo que Eduardo Artero protege con su trabajo constante y su compromiso con la tierra y la familia.