Antonio Rattín, uno de los grandes íconos del fútbol argentino, falleció recientemente, dejando un legado que va más allá de su destacada trayectoria en Boca Juniors y la Selección Argentina. Su nombre permanece en la memoria colectiva por un episodio que marcó un antes y un después en la historia de las Copas del Mundo.
Durante el Mundial de 1966, en el partido de cuartos de final contra Inglaterra, Rattín fue expulsado a los 35 minutos del primer tiempo por el árbitro alemán Rudolf Kreitlein. La sanción, que sorprendió por su motivo, se debió a que el árbitro consideró que el jugador argentino lo había mirado con mala intención, según consignó en su reporte. La imposibilidad de comunicarse por el idioma provocó una pausa prolongada, ya que Rattín pidió un intérprete para entender la razón de la expulsión.
Mientras abandonaba el campo, el mediocampista protagonizó gestos que profundizaron la polémica: se sentó sobre la alfombra roja destinada a la reina Isabel II y dobló un banderín con la bandera del Reino Unido. Además, recordó años después que antes de la expulsión había protestado por arbitrajes cuestionables y que mientras se retiraba fue víctima de insultos y lanzamiento de latas de cerveza.
Este episodio trascendental fue un punto de inflexión para la FIFA y el fútbol mundial. La controversia suscitó la creación de un sistema disciplinario claro y visual, que resultó en la introducción oficial de las tarjetas amarilla y roja en los reglamentos. El exárbitro inglés Ken Aston fue el artífice de esta innovación, inspirándose en los colores de los semáforos para facilitar la comunicación entre jueces y jugadores.
La expulsión de Rattín no solo quedó como una anécdota del torneo; también impulsó reformas que endurecieron y clarificaron las sanciones arbitrales, influyendo directamente en la manera en que se aplican las reglas hasta la actualidad. Su figura, por tanto, es recordada con respeto y reconocimiento como una pieza clave que contribuyó a la evolución del arbitraje en el fútbol internacional.