Contrario al mito del “mundo silencioso”, el océano es un entorno repleto de sonidos variados que permiten a sus habitantes orientarse, comunicarse y sobrevivir. Desde vocalizaciones de ballenas que recorren grandes distancias hasta larvas de coral capaces de nadar hacia arrecifes guiadas por el sonido, la actividad acústica marina es intensa y diversa.
El oído humano resulta prácticamente ineficaz en el agua debido a las propiedades físicas del medio: el sonido viaja más rápido y atraviesa nuestro cráneo sin producir las diferencias que necesitamos para localizar su origen. En resumen, somos «sordos» en el océano. En cambio, peces e invertebrados han desarrollado durante millones de años sistemas auditivos adaptados a estas condiciones, más sensibles y especializados que cualquier aparato artificial o el oído de mamíferos marinos.
Los peces emplean dos mecanismos complementarios para detectar sonidos. Su oído interno contiene otolitos, estructuras densas de carbonato cálcico que reaccionan al movimiento del agua. Cuando una onda sonora mueve el cuerpo del pez, los otolitos permanecen casi inmóviles debido a la inercia, lo que genera un estímulo en las células sensoriales capaces de captar frecuencias que van desde menos de 1 Hz hasta varios kilohercios. Además, el sistema de la línea lateral recubre el cuerpo del pez con neuromastos, grupos de células ciliadas en cúpulas gelatinosas que perciben vibraciones y corrientes de baja frecuencia en el entorno acuático.
Estos órganos sensoriales permiten a los peces detectar depredadores, encontrar alimento y navegar incluso en completa oscuridad, algo que el oído humano no logra reproducir bajo el agua. Además, otros animales marinos cuentan con adaptaciones auditivas aún más sorprendentes, como los delfines que pueden ecolocalizar objetos a grandes distancias o larvas que sienten sonidos inaudibles para muchas especies. La emisión de sonidos por ballenas, capaz de alcanzar más de 1.000 kilómetros, es otro ejemplo de cómo la acústica es vital para la vida oceanográfica.
El conocimiento de estos sistemas no solo enriquece nuestra comprensión de la biodiversidad marina sino que también puede inspirar nuevas tecnologías en acústica submarina. Las adaptaciones biológicas de los océanos muestran una evolución sensorial sofisticada y un mundo acústico mucho más complejo y activo de lo que pensamos hace décadas.

