Hace 83 años, tropas del Ejército partieron desde Campo de Mayo hacia Buenos Aires con el objetivo de derrocar al gobierno de Ramón Castillo, en una acción que sorprendió por su ambigüedad inicial y el desconcierto que generó en diversos sectores políticos y sociales.

Algunos grupos políticos confiaron en que los militares actuaban en su nombre. Sectores radicales celebraban que la revolución pondría fin al fraude electoral y recibían a las tropas con consignas que evocaban a Yrigoyen. Otros, como el diario nacionalista Cabildo, se mostraron satisfechos, mientras que los aliadófilos y neutralistas interpretaban de forma contradictoria el golpe en relación a la alineación internacional argentina.

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En el plano militar, el grupo denominado GOU (Grupo de Oficiales Unidos), integrado por oficiales nacionalistas y neutralistas, observaba con preocupación la proximidad de las elecciones presidenciales y el posible resultado adverso para sus intereses. Temían tanto la continuación del fraude electoral que podría favorecer al candidato oficialista Robustiano Patrón Costas, como la victoria de una alianza opositora integrada por radicales, socialistas y demócratas progresistas.

El GOU entendió el golpe como un modo de evitar que el poder presidencial quedara en manos de los partidos civiles y de preservar la neutralidad argentina ante la Segunda Guerra Mundial, factor que dividía a la sociedad y al propio Ejército. Entre sus miembros destacaba Juan Domingo Perón, quien tomaría un protagonismo creciente en la política nacional.

Este golpe no fue producto de un solo evento, sino la convergencia de varias crisis previas: la enfermedad y posterior muerte del presidente Roberto M. Ortiz, quien intentó luchar contra el fraude electoral; la restauración del conservadurismo con Castillo; el fracaso del acuerdo político entre radicales y conservadores en 1941; y la muerte de Agustín P. Justo, entre otros factores. La Segunda Guerra Mundial también tensionaba las divisiones internas y las opciones geopolíticas de Argentina.

En los años previos, la relación entre Ortiz y Castillo fue conflictiva. Ortiz, un radical antipersonalista impuesto por Justo como candidato, y Castillo, un conservador del interior, llegaron a la fórmula presidencial luego de negociaciones complejas que reflejaron la fragmentación política.

Desde Estados Unidos, hubo críticas al golpe. Nicolás Repetto, socialista, opinó que con la caída del gobierno argentino, el país corría el riesgo de ser rebajado a una "republiqueta sudamericana". Esta visión expresaba el temor a la pérdida de institucionalidad y autonomía política.