Argentina tiene ante sí una oportunidad estratégica derivada de la actual configuración geopolítica mundial, en la que la seguridad energética y alimentaria se posicionan como prioridades centrales para las grandes potencias. Un economista destacó que en este nuevo escenario global el país ocupa un lugar privilegiado como proveedor clave de esos recursos, con ventajas específicas que otros países no poseen.
Entre los activos que sustentan esta visión están los yacimientos de Vaca Muerta, que prometen gas a costo competitivo, así como la posibilidad de ofrecer energía eléctrica a bajo precio. Además, la Patagonia se perfila como un polo atractivo para la instalación de centros de datos y actividades petroquímicas. Sectores como la agricultura, la minería, la pesca, la forestación y la economía del conocimiento ya funcionan como motores de crecimiento, aunque todavía no a pleno rendimiento.
Este potencial se traduce en una propuesta concreta: para duplicar el producto interno bruto en diez años, Argentina debe asegurar un crecimiento anual compuesto cercano al 7,2%, lo cual implica aumentar la tasa de inversión del 16,5% actual a un rango entre el 25% y el 28%. El economista subrayó que estos recursos deben orientarse a cadenas de valor con ventajas comparativas genuinas, evitando las estrategias basadas en sustitución forzada de importaciones que han caracterizado episodios anteriores.
Sin embargo, advirtió que el mayor obstáculo reside en la dimensión política. Para sostener un proyecto de desarrollo de largo plazo será necesario que al menos dos tercios de la población compartan un rumbo común durante varias administraciones consecutivas, lo cual implicaría una profunda reconciliación social y política que hasta ahora no se ha logrado. El país viene alternando modelos de gestión económicos con ritmos pendulares que impiden la continuidad y la estabilidad necesarias para consolidar el crecimiento.
Este punto es clave, ya que el éxito económico no depende únicamente de recursos naturales o técnicos, sino de la capacidad de construir un consenso duradero que permita que las políticas se mantengan en el tiempo, sorteando los vaivenes políticos tradicionales que han caracterizado la historia reciente argentina.