En los últimos años, se ha intensificado la recomendación de evitar nombrar rasgos físicos al referirse a otras personas, incluso en contextos de confianza. Términos como “gordo”, “flaco” o “narigón” son cada vez más cuestionados porque pueden reproducir estigmas y ocasionar daño. Este cambio en el uso del lenguaje responde a la búsqueda de un trato más respetuoso y cuidadoso en las relaciones sociales.
Sin embargo, el debate va más allá del simple hecho de pronunciar o no una palabra. Históricamente, en ámbitos como la familia o el barrio, esos apelativos físicos formaron parte de la manera común de identificarnos, muchas veces sin intención ofensiva y algunas veces con un tono afectuoso. Apodos como “El Negro”, “El Gordo” o “El Ruso” cumplían una función identificatoria, dependiendo del contexto y de la relación entre quienes los empleaban.
El cambio significativo radica en que, mientras antes el rasgo físico era solo una cualidad más, hoy el cuerpo se convirtió en un objeto de evaluación social permanente. La publicidad, los medios de comunicación y las redes sociales han instalado estándares estéticos cada vez más rígidos y visibles, donde el cuerpo es un terreno constante de comparación. Esta valorización selectiva genera jerarquías que asignan valor positivo o negativo según cuán cercano esté alguien a los ideales vigentes.
El verdadero problema no se encuentra en las palabras que definen un rasgo físico, sino en el sistema social que dicta qué cuerpos son valorados y cuáles son marginados. Esta jerarquización arbitraria naturalizada hace que cualquier diferencia respecto a los cánones estéticos impuestos se interprete como una falla o desventaja, lo que transforma la percepción y repercute en la sensibilidad hacia ciertos términos.
Muchas veces se cuestiona a quien usa estas palabras, pero no se reflexiona con la misma profundidad sobre la cultura que asigna un valor desigual a distintas características corporales. Así, el foco sobre el lenguaje puede desviar la atención del problema de fondo: un sistema que invisibiliza la diversidad corporal y sanciona lo que se aparta del ideal dominante.