La conflictiva relación entre Cristina Fernández de Kirchner, Axel Kicillof y Máximo Kirchner alcanzó un punto crítico, ya que superó las diferencias políticas para convertirse en una disputa personal cuya resolución se percibe cada vez más lejana. La tensión quedó expuesta cuando Máximo Kirchner reprochó públicamente que Kicillof no visite a Cristina en su domicilio, un gesto cargado de simbolismo que trasciende lo formal y muestra una fractura profunda.
Este enfrentamiento interna ya no se limita a disputas electorales o estratégicas, sino que involucra rencores que dificultan la conciliación. Integrantes históricos del peronismo bonaerense indican que lo más grave no es solamente la crisis política, sino que carece de una solución clara, dada la profundidad de la grieta entre las distintas facciones kirchneristas y el gobernador bonaerense.
La disputa se remonta a momentos en que Kicillof optó por no respaldar abiertamente la candidatura de Cristina para presidir el Partido Justicialista, favoreciendo en cambio, aunque en secreto, al gobernador riojano Ricardo Quintela, desconocido para algunos dirigentes que aún recuerdan el episodio con molestia. Esta postura marcó un antes y un después en la relación interna y exacerbó las diferencias.
El contexto se agravó tras el primer año de condena y prisión domiciliaria para Cristina, así como su inhabilitación definitiva para ocupar cargos públicos. En el esquema político peronista, Cristina era la carta electoral más valiosa y ahora su ausencia implica un vacío difícil de compensar. Esta situación es asumida de manera explícita en el círculo de Kicillof, que encara la campaña con esa realidad como punto de partida.
El cambio en la militancia kirchnerista refleja esta nueva realidad: pasó de pedir «Cristina Libre» a promover «Cristina candidata», un movimiento estratégico que intenta sostener simbólicamente su liderazgo y presencia política hasta las elecciones presidenciales de 2027. Esta táctica no solo busca mantener la base electoral, sino evitar que el peronismo se dirija hacia la elección de un candidato sin la figura de Cristina, lo que podría debilitar su partido.
En este plano, dirigentes cercanos a Máximo Kirchner explican que abandonar la consigna de liberar primero a Cristina para luego gobernar, responde a la necesidad de consolidar un candidato fuerte antes de las elecciones. La idea de que «sin candidato no hay votos» refleja la preocupación por no perder terreno frente a la incertidumbre que genera la figura debilitada de la expresidenta.