La sombra que ofrecen los árboles resulta más eficiente para combatir el calor que una simple sombrilla, pero no todos los árboles tienen el mismo impacto. La clave está en elegir especies con follaje amplio y voluminoso que genere sombra en varias capas, protegiendo no solo del sol directo, sino también del calor acumulado en el suelo.

Las especies comunes con hojas pequeñas o aciculares, como pinos, cedros o cipreses, no producen suficiente sombra para protegerse del calor extremo. En cambio, árboles de origen tropical, como los ficus y braquichitones, presentan hojas grandes que ofrecen una cobertura más efectiva. Estas especies se adaptan bien a climas templados y requieren un riego moderado solo durante los primeros años después de la plantación.

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Además de contar con árboles de follaje denso, es fundamental incorporar una buena cobertura vegetal en el suelo, mediante praderas, arbustos o parterres de flores, para evitar la irradiación directa del sol y conservar el frescor ambiental. Por el contrario, el césped demanda riego constante y puede no ser la mejor opción en climas donde el agua escasea.

Algunas especies tradicionalmente utilizadas para sombra, como los plátanos o almeces, presentan dificultades en zonas cálidas debido a sus altos requerimientos hídricos y su vulnerabilidad a enfermedades, lo que incrementa el riesgo de pérdida. Por otra parte, los espacios públicos y educativos con revestimientos oscuros o cemento en sus patios potencian el efecto de “isla de calor”, aumentando la temperatura ambiental de manera significativa.

En ese sentido, el uso de pavimentos claros y no impermeables combinados con zonas de sombra ayuda a disminuir la temperatura hasta en varios grados, lo que mejora la habitabilidad de esos espacios durante los días calurosos y colabora con los objetivos del "Acuerdo Verde" impulsado por la Unión Europea para mejorar el entorno urbano.